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Roland Garros 2023: Sorribes se queda en un suspiro de los cuartos | Deportes

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La historia va de competir, de fe, de convicción, de no bajar nunca los brazos. De creer. Y en estas triunfa Beatriz Haddad-Maia, aunque el elogio debe hacerse extensible a Sara Sorribes, que redondea un regreso con mayúsculas, seguramente impensable porque hace no tanto caminaba sobre muletas y lloraba porque había perdido la ilusión. Fractura de escafoides, medio año de baja; demasiadas vueltas al coco en casa y, por momentos, la sensación de haberse desencantado. Nada de eso. Nadie contaba con ella, la 124ª de la WTA, presente en París gracias al clasificación protegido. Pero sí, aquí está. Cae este lunes en un soberbio maratón de 3h 51m, el tercero (femenino) más largo en la historia de Roland Garros, pero cierra la aventura con un magnífico sabor de boca. Duele, pero se pasará: 6-7(3), 6-3 y 7-5. Pesa más la cuestión de fondo: Sorribes sigue vivita y coleando.

Abraza a la ganadora, exhaustas las dos. “El otro día, mi entrenador me enseñó un vídeo de Djokovic en el que hablaba de los nervios y la presión. Si él se pone nervioso, ¿cómo no voy a hacerlo yo?”, indica Haddad Maia, por primera vez en los cuartos de un grande y citada en la siguiente estación con la tunecina Ons Jabeur, que previamente ha resuelto (6-3 y 6-1) ante Bernarda Pera. Se le recuerda que nació en 1996, un año antes de que el gran Primavera Kuerten, compatriota, elevara la primera de las tres Copas de los Mosqueteros que conquistó. “Es un ídolo, siempre me ha inspirado”, cuenta mientras coge aire porque ha sido una matinal de tralla y de muchas curvas, de arriba abajo y de abajo arriba. Oscilación y vaivenes, refriega sin cesar.

La de São Paulo, una tenista que vive un momento dulce y se ha instalado en la zona noble, 14ª del mundo, termina rehaciéndose y progresa. No sin sufrir. Percute y percute la brasileña, le mete peso a la bola, la dispara con curva, pero no hay pelota que no rebata la española, piernas para todo y soluciones ante cualquier tipo de circunstancia. Jamás baja los brazos. Así es Sorribes, guerrera a más no poder, luchadora de pura raza. No hay punto que no exija negociar, ni hueco de la pista que no cubra. Roe y roe la moral de su adversaria, y así levanta un primer parcial que bien podría haberse dado por perdido, 5-2 en contra, Haddad-Maia sintiendo el golpe –zurdo, profundo, angulado– y abordándola en tromba. Que no se alarme nadie, que aquí están ella y su escudo; iguala, y por mucho que ceda otra vez el saque, vuelve a levantarse. Desempate a la buchaca.

Un escenario agotador

Falla dos voleas claras en la cinta, no importa; después una falta de pie, seguida de una doble falta. “¡Va, Sara, va! ¡Adelante!”, le anima desde el banquillo su preparadora, Silvia Soler; se desgañita la fisio, Blanca Bernal. “Eso es, vamos. Se puede, Sara, se puede…”, se dice a sí misma una y otra vez, asintiendo con la cabeza, resiliente y convencida de que la estrategia acabará dándole premio. Se rumian todos los puntos, tremendo el palizón. Intercambios de hasta 30 golpes y 74 minutos para sellar la primera manga. Todo va sobre ruedas, hasta que la brasileña piensa que llegada esa situación, set abajo y 3-0 adverso, tiene poco que perder ya; entonces se libera, aparta la tensión, recupera el sitio y la iniciativa, y su bola se transforma en un dolor. Un rodillo.

De bocado en bocado, enlaza hasta siete juegos consecutivos; es decir, se adjudica la segunda manga –de nuevo, 74 minutos– y abre la definitiva con una rotura de las que escuecen. El escenario es agotador. Ninguna cede, motores a pleno rendimiento; no hay centímetro de la pista que no cubra la pisada de Sorribes, que contragolpea y resiste, obligando a la de enfrente a ganar cada peloteo dos, tres, cuatro, cinco o las veces que haga falta. Adiós, sí, pero al vestuario no vuelve una sola gota de esfuerzo. Esto va de competir y en esas, se agarra al torneo con todo. No regala nada. Aun así, Haddad-Maia –de espalda ancha, fuerte y 1,85, dos títulos en la élite y los dos sobre hierba– sigue imponiendo su brazo y en el tramo definitivo se adueña del timón. Propone más, gana terreno, ataca valiente y al final prevalece. No sin sufrir, claro.

Estrella las dos primeras opciones (dos paralelos) en la cinta y después, bombea larga la volea. Hay un amago de derrumbe, del 5-3 al 5-5, pero Sorribes acusa el desgaste y pierde consistencia. Ni así levanta bandera blanca, aunque al final, el muro de contención cede. Casi cuatro horas en el cronómetro; el límite lo marcan las 4h 07m que debatieron Virginie Buisson y Noelle van Lottum en la primera ronda del 95. Se acaba este trazado por París, el principio de un emocionante retorno para ella.

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